“... Y gracias a mis abuelas”

Carlos Fuentes hizo gala de su arte para hacer personajes a los maestros de su niñez y juventud, a los amigos de su infancia y adolescencia, y a los testigos de su formación como escritor

Nacional / El Universal / Noviembre 15, 2008

Carlos Fuentes hizo gala de su arte para hacer personajes a los maestros de su niñez y juventud, a los amigos de su infancia y adolescencia, y a los testigos de su formación como escritor.

El novelista recordó nombres, anécdotas, libros, autores y palabras de aquellos que le enseñaron su profesión, sin que faltaran sus abuelas, al fin y al cabo “no puede haber novelista sin abuelas; y no es albur”.

En la clausura del coloquio por el festejo de sus 80 años y de los 50 de su novela “La región más transparente”, evocó a sus primeros maestros:

Florence Painter —Washington—, el republicano español Alejandro Tarragó —Chile— los maristas en el Colegio México, los de Acción Nacional en la prepa del Francés Morelos y luego los de la vida, los de las calles y la noche en la ciudad de México, hasta la imagen inolvidable de Thomas Mann, en Suiza.



Dijo que esa condición de ser hijo de diplomático le enseñó a moverse por el mundo: la rutina era llegar a un lugar y ser visto como “excéntrico”. El ir y venir le dio la diversidad de visiones, religiones y pensamientos.



Refirió, en medio de la risa cómplice de los asistentes, que acabó consignado en el ghetto de los intelectuales cuando en la escuela, en Chile, vio pasar de largo sus aspiraciones en el futbol. “Fui a dar al grupillo de jóvenes más interesados en leer libros que en dar patadas”, y encontró así su mejor amigo de la adolescencia, Roberto Torretti Edwards, con quien se animó a escribir su primera novela, inspirados por Alejandro Dumas.



Fueron sus abuelas quienes le llevaron a entender que la literatura es la verdad de la mentiras. Y fue un maestro en México, Enrique Moreno de Tagle, a quien le debe una indicación fundamental para su futuro como escritor: que leyera Al filo del agua, de Agustín Yáñez.



El autor de Aura dijo que es un mito pensar que aprendió literatura sentado “en las rodillas de Alfonso Reyes” —embajador de México en Brasil cuando su padre, Rafael Fuentes Boettiger, era secretario de la legación en ese país—.

“Creo que las únicas rodillas sobre las que a los dos años de edad me senté fueron las de doña Manuela Reyes, quien ayudaba a mi joven madre en la cría del niño dándole de comer con la paciencia que exige la impaciencia infantil”, recordó.