Al Momento-

MININOTICIERO DE ALEJANDRO

Cuentecillo para amortiguar el confinamiento

Columnistas / Redacción Conurbada / Diciembre 31, 2020

 Por Alejandro Alemán Treviño/ Columna invitada 

 Para: Jerry  Bruckheimer  y   Mariska Hargitay

En los cuarentas del siglo pasado; postguerra mundial, la gente luchaba por volver a vivir, sin la angustia que produce el peligro de una invasión o la leva de los jóvenes para mandarlos al frente. Tampico era un pequeño pueblito, a orillas del caudaloso rio Pánuco, la vida allí transcurría tranquila y los problemas sociales se circunscribían a evitar el intenso calor y las picaduras de los mosquitos que migraban de la feraz huasteca veracruzana. Aún no se habían descubierto los antibióticos. La tuberculosis y el paludismo endémicos causaban temor entre la población. Ambas enfermedades eran combatidas con sulfas, quinina y remedios caseros. La temperatura era combatida por medio de abanicos eléctricos y las señoras portaban abanicos de cartón con las figuras de Pedro Infante, Jorge Negrete y María Félix; que utilizaban para espantar a los molestos y perjudiciales “anopheles”, trasmisores del paludismo. No había casa familiar que no tuviera un pabellón para cubrir la cama; por supuesto no existía la televisión, ni los teléfonos celulares ni el cine a color; aunque faltaba poco para que salieran al mercado. Para el transporte público había autobuses con motor a gasolina y los cómodos, baratos y típicos tranvías amarillos que se desplazaban hasta Miramar; en 2 pinceladas ese era el nostálgico puerto de Tampico hace 90 años.

Una de las pocas calles céntricas fue la calle Ribera; hoy llamada Héroes del Cañonero Tampico. Corría, la mencionada, bordeando el barranco que daba al populoso barrio del Cascajal y antes de desembocar tangencialmente en la plaza LIBERTAD y el edificio de la LUZ, dejaba atrás al entonces flamante hotel RIBERA, uno de los más lujosos de la época.

En las márgenes de esta calle, numerosos negocios abrían sus ofertas al público; entre ellos un restaurant, muy popular de nombre “MI SEÑOR”, donde la gente de clase media; empleados, profesionistas y comerciantes, acostumbraban el café de mañana o el de media tarde.

Diariamente un señor de aspecto distinguido, pulcro y bien vestido; con saco, corbata y sombrero STETSON de fieltro. Llegaba alrededor de las 5 de la tarde, se sentaba, solo, en alguna mesa retirada de la entrada; pedía su taza de café y extendía un periódico para leer, pero también diariamente se quejaba con la mesera que lo atendía; de la temperatura del café. “Señorita”; exageraba “Este café está helado, caliéntelo por favor” y esta queja era de todos los días. El dueño que observaba desde una esquina del mostrador;  ya no lo soportó, a pesar de ser un buen cliente y pensó en darle una lección. Le dio instrucciones a la empleada para que calentara el café en una olla PRESTO; con el objeto que calentara el café por encima de la temperatura de ebullición y que se lo sirviera en una taza térmica, que no diera indicio de que tan caliente estaba. El hombre le puso azúcar y lo meneó; desplegó el periódico y, distraído trató de dar el primer sorbo. Todos en el restaurant; expectantes, no perdían de vista la reacción esperada. Al sentir lo caliente en la boca, se echó para atrás bruscamente y soltó la taza que trastabilló en el plato; lentamente se quitó los lentes sin aro que portaba y sacando un fino pañuelo, se limpió un par de lágrimas que no pudo contener; luego, se acomodó sus lentes y tomando su periódico exclamó fuerte, para que todo mundo lo oyera “Vaya, hasta que por fin me lo entibiaron”.

 

 La estupidez humana es inconmensurable.         @alem_uriel                             

ALEJANDRO.