* Ante inacción oficial, VIH se feminiza

-- Más contagios en mujeres y políticas de salud no resuelven

Reportaje / Guadalupe Cruz Jaimes / Diciembre 06, 2011

La pobreza, la marginación y la violencia aumentan los casos de mexicanas con VIH, pero la educación sexual contribuye a enfrentar esta realidad.

Eva Díaz es integrante de Mujeres Fuertes con Esperanza y Vida (Mufev); contrajo el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) desde hace una década. El padre de sus hijos le transmitió la infección; fue el último golpe que él le dio antes de morir por Sida.

La ahora activista, de 53 años, era ama de casa y vivía en una colonia popular del DF, donde su esposo la golpeó muchas veces “hasta que mis hijos crecieron y se pusieron al ‘tú por tú’ con él”, relata.

Eva soportó golpes y humillaciones porque no tenía a donde ir, tampoco empleo ni educación, ya que no terminó la secundaria. A los 13 años de edad abandonó su casa al huir de la violencia familiar, y a los 15 años estaba embarazada de su agresor.

Díaz se enteró de que era seropositiva al VIH cinco años después de separarse de su pareja, cuando él fue diagnosticado en una fase terminal de Sida. “Él murió en noviembre y en diciembre comencé el tratamiento”, recuerda.

ENFERMEDAD Y DOLOR

Samantha Mino, coordinadora del Programa de Salud Sexual y Reproductiva de las y los Jóvenes de la organización civil Salud Integral para la Mujer (Sipam), señala que las mexicanas con VIH, además de su estado serológico, llevan una vida sin oportunidades de desarrollo y llena de violencia, algunas de ellas desde la infancia.

En su investigación “Mujeres. La experiencia de vivir con VIH/Sida”, Mino asegura que la violencia estructural traducida en pobreza y marginalidad social, junto con la violencia de género, incrementa las posibilidades de que ellas adquieran el virus.

La mayoría de las mujeres entrevistadas se dedican al trabajo doméstico, al comercio informal o son amas de casa; ninguna tiene derechos laborales. Ellas tampoco accedieron a la escuela y menos a la educación sexual, advierte la también antropóloga como parte del Día Mundial de Lucha contra el Sida, que se conmemoró el pasado 1 de diciembre.

Un ejemplo de que la marginación aumenta la vulnerabilidad de las mujeres es que mientras en el país hay una mujer con VIH por cada cinco hombres, en Iztapalapa la relación es de “un hombre por una mujer” con el virus, dice Samantha Mino. Y la mayor parte de las nuevas infecciones son entre adolescentes y jóvenes.

La creciente propagación del VIH entre las mexicanas es preocupante, ya que durante la segunda mitad de la década de los 80 había 27 hombres con el virus por una mujer, y ahora la relación es mucho más cerrada, apunta la activista.

A pesar de que organizaciones civiles y organismos internacionales han llamado al gobierno de México a invertir en prevención y tratamiento para las mujeres, la estrategia sigue focalizada en el grupo con prevalencia más alta: los hombres que tienen sexo con hombres (HSH).

La Secretaría de Salud (Ss) reporta que de 1985 a 2011 han sido detectados 9 mil 742 casos de VIH en mujeres, y 25 mil 234 en varones.

De acuerdo con los datos se observa que las cifras durante el mismo periodo se disparan en lo que respecta a casos diagnosticados con Sida.

Es así que de 1983 a 2011 se registraron 26 mil 721 casos de Sida en mujeres, y 123 mil 162 en hombres. Esto se debe a que la detección del VIH sigue siendo tardía, y la mayoría de los casos se identifican cuando las personas ya desarrollaron la enfermedad.

Alejandrina García, coordinadora del Programa de Mujeres y VIH de Sipam, indica que el hecho de que las mujeres representen 28 por ciento de los casos de VIH, y 18 por ciento de las personas diagnosticadas con Sida, “es suficiente para llevar a cabo estrategias dirigidas a esta población, no necesitamos esperar a ser mayoría para que las autoridades nos miren”, recalca.

Un ejemplo de la exclusión de las políticas públicas es que las mexicanas están fuera del Plan de Prevención Nacional del Centro Nacional para la Prevención y Control del VIH/Sida (Censida), ya que se centra en los HSH.

Hasta ahora las mujeres sólo han sido integradas como “transmisoras” del virus, ya que las acciones se enfocan en las embarazadas y en “trabajadoras sexuales”.

Agrega que “urgen” programas estatales y federales que fortalezcan las acciones preventivas y de atención con una perspectiva de Derechos Humanos de las mujeres.

También que en el diseño de las políticas se integre la relación entre la violencia y el aumento de la vulnerabilidad de las mexicanas al VIH, ya que más de la mitad de las mujeres con el virus han sido víctimas de este delito.

VIOLENCIA

Mino cita el testimonio de Cristina –quien obtuvo el virus por parte de su pareja– para ejemplificar la situación de violencia: “Él era muy agresivo, me violaba; él quería relaciones sexuales por el ano, porque además fue judicial y me platicó que violaba a las personas a las que agarraba”.

A las agresiones vividas antes de la detección del virus, se suma la discriminación y estigma con la que tienen que lidiar las mujeres. “La semana pasada fui a hacer una cita a un servicio dental particular, y cuando les dije que tenía VIH no me quisieron atender”, cuenta Niza Picasso, de la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH (ICW).

Ana Güezmes, directora de ONU Mujeres para México, Centroamérica, Cuba y República Dominicana, señala que la educación sexual con enfoque de género es una “deuda pendiente”, que de atenderse ayudaría a prevenir la transmisión de infecciones de transmisión sexual (ITS).

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