Al Momento-

Premios y asignaturas pendientes en calidad del aire

Por Alejandro Calvillo*

Medio Ambiente / Lidia Bonilla / Septiembre 13, 2013

La Red por los Derechos de la Infancia en México, con el apoyo de organizaciones sociales y representantes del sector privado y académico, ha solicitado que el 9 de septiembre sea declarado el Día Nacional por el Derecho a Respirar Aire Limpio, como una manera de atraer la atención pública sobre una asignatura pendiente: los altos índices de contaminación que prevalecen en las ciudades mexicanas y los riesgos que esto representa para la salud de la población, en especial de niñas y niños. Según el Sistema Nacional de Información en Salud, tan sólo en 2011 murieron 3 mil 428 niñas, niños y adolescentes por enfermedades respiratorias y 90 por ciento de las muertes ocurridas por infección respiratoria aguda (IRA) ocurre en la población de 0 a 4 años de edad.

Esta petición y estos datos podrían parecer ajenos al Valle de México, región que el 4 de septiembre pasado recibió de la empresa Siemens y el grupo Ciudades Líderes del Clima (C40) un premio en la categoría Calidad del Aire. Cabe precisar que ese reconocimiento se otorgó al ProAire (programa de gestión para mejorar la calidad del aire) por dos décadas de acciones que han permitido cortar los elevados picos de contaminación que asfixiaban a la capital mexicana.

El mayor mérito de este programa en la Ciudad de México ha sido su continuidad y, en efecto, la eliminación de los episodios extremos. Inició en 1990 con el nombre de Programa Integral Contra la Contaminación Atmosférica (PICCA) y a partir de 1995 adoptó el nombre de ProAire. Actualmente otras ocho áreas metropolitanas del país tienen un ProAire vigente y cuatro más lo están preparando.

Aunque resulte incómodo para las autoridades locales, se debe admitir que un aspecto clave para la efectividad de estos programas es el apoyo federal. En el caso de la Ciudad de México, las primeras etapas fueron apuntaladas con decisiones federales como la reformulación de las gasolinas, el desmantelamiento de la Refinería 18 de Marzo y las termoeléctricas de la zona norte del valle. La dimensión de estas medidas exigía la participación del gobierno federal y existió la voluntad política para hacerlo, en buena medida porque en ese entonces la Ciudad de México no era una entidad autónoma sino un Distrito de la Federación.

Los resultados son incuestionables pero relativos, sobre todo a la luz de los estudios médicos y epidemiológicos que llevaron a la Organización Mundial de la Salud a proponer en 2005 que los países adoptaran límites mucho más estrictos para proteger verdaderamente a su población.

Y esa es la parte medular que actualmente se discute en México en busca de ajustar los límites para los principales contaminantes del aire en las Normas Oficiales Mexicanas. El tema crucial es que, a pesar de los logros alcanzados, la calidad del aire todavía está lejos de garantizar la salud de la población, y eso es lo que estamos respirando todos los días.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, el Valle de México, el Valle de Toluca, Monterrey, Guadalajara y Mexicali se encuentran entre el 16 por ciento de las ciudades del mundo más contaminadas por partículas menores a 10 micras (PM10), contaminante asociado con la exacerbación de síntomas asmáticos, disminución de la función pulmonar e incluso con afectaciones durante el embarazo que provocan disminución del tamaño del feto.

En el contexto latinoamericano, un estudio efectuado recientemente por el Clean Air Institute colocó a Monterrey y a la Ciudad de México entre las urbes con mayores concentraciones de partículas menores a 2.5 micras (PM2.5), un contaminante tan pequeño que llega a ingresar a la región más profunda del sistema respiratorio e incluso se incorpora al torrente sanguíneo. En cuanto a la presencia de ozono, el instituto encontró que la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey y León están entre las ciudades de América Latina más contaminadas por este poderoso oxidante que afecta la función pulmonar en niños y niñas.

Es cierto que los índices de contaminación ya no son los que teníamos en 1980 o 1990, sin embargo, también es cierto que no hemos logrado reducir la contaminación a lo que señalan los estándares internacionales como un aire realmente “limpio”.

Si aplicamos esos estándares a los reportes de contaminación del Valle de México encontramos una realidad muy distinta a la que se nos informa, con muy pocos días al año verdaderamente limpios: ocho días en 2008, uno en 2009, 12 en 2010, 10 en 2011 y 11 en 2012. Un total de 42 días a lo largo de cinco años.

En 2013, durante el primer semestre no alcanzamos los parámetros de aire “limpio” ni un solo día y, por el contrario, tuvimos 5 precontingencias por ozono y una por partículas menores a 10 micras. Es decir, el doble de lo ocurrido en 2012.

Respirar diariamente un aire que no cumple los estándares internacionales nos coloca en condiciones de riesgo para desarrollar enfermedades respiratorias y cardiovasculares, como asma, bronquitis crónica y diferentes tipos de cáncer.

Para reducir este riesgo necesitamos una normatividad más estricta, acorde con los parámetros propuestos por la Organización Mundial de la Salud; necesitamos también un conjunto de acciones que reduzcan de manera sustancial las emisiones a la atmósfera para llegar en un corto plazo a esos parámetros. Pero esto no será posible sin voluntad política para colocar la salud de la población en el centro de todas las preocupaciones y decisiones.

Cuando los integrantes de las organizaciones sociales pedimos un transporte eficiente y de calidad, o combustibles limpios, o mejores condiciones viales para ciclistas y peatones, o mejor tecnología en coches, autobuses y camiones de carga, o medidas para reducir el uso del automóvil… cuando hacemos estas peticiones, lo que buscamos a fin de cuentas es mejorar la calidad del aire para garantizar la salud de toda la población.

Decretar que se conmemore el Día Nacional por el Derecho a Respirar Aire Limpio cada año, nos ayudaría a recordar esta urgente necesidad de mejorar las regulaciones y de mantener un esfuerzo conjunto, gobierno y sociedad, para alcanzar ciudades más saludables y con mejor calidad de vida. Lograrlo sería el mejor de los premios.

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* Director de El Poder del Consumidor
(con la colaboración de Gerardo Moncada)